Recibir feedback bien: la otra mitad que nadie entrena

Un manager de selección recibe feedback de más frentes que casi cualquier otro puesto. Cómo escucharlo sin ponerte a la defensiva (Stone y Heen, HBR 2014).

Dar feedback bien se enseña en cualquier curso de liderazgo. Recibirlo bien, casi nunca. Sheila Heen y Douglas Stone lo señalaron en Harvard Business Review en 2014: las empresas forman a sus managers para dar feedback y dejan sin resolver la pregunta que en realidad se repite más, que es cómo encajarlo cuando te toca a ti.

En la selección de personal de una pyme ese vacío pesa más que en la mayoría de puestos. Un manager de selección recibe feedback desde más frentes que casi cualquier otro rol de la empresa: de los candidatos después de cada entrevista, de los recruiters sobre cómo llevó el proceso, de sus compañeros en las sesiones de calibración, y de las personas recién contratadas cuando repasan sus primeros noventa días. Cada fuente por separado dice poco. Juntas, dicen si esa persona está construyendo un equipo o solo cubriendo vacantes.

Los primeros tres segundos son químicos

El problema no es que la gente rechace el feedback. El problema es que, nada más escuchar una crítica, el cuerpo entra en una reacción de estrés breve: los hombros se tensan, la respiración se acorta, y la frase que preparas suena a defensa antes de ser una pregunta. Quien nota esto a tiempo puede dirigir la conversación. Quien no lo nota la pierde antes de que empiece de verdad.

Nadie hace esto bien la primera vez. Es una práctica, y con repetición se vuelve más fácil.

Estar de acuerdo no es el objetivo

Recibir feedback bien no significa darle la razón a quien te lo da: significa tomártelo en serio, que es otra cosa. Si después de pensarlo concluyes que la valoración no encaja con lo que sabes de ti mismo, puedes decirlo, con calma. Agradece de nuevo, expón tu punto de vista en una frase y no intentes rebajar a quien te lo dio. Las dos partes pueden salir de la conversación sin coincidir del todo, y eso está bien.

Lo que no ayuda es ponerte a la defensiva, quitarle importancia, ignorarlo o corregir a la otra persona en ese mismo momento. Eso no cierra el desacuerdo: solo hace menos probable que alguien vuelva a molestarse en decirte algo la próxima vez, que es el daño real.

El guion, paso a paso

Cuando llega la parte crítica de la conversación, hay dos cosas que controlas de inmediato: respira antes de responder (un solo respiro consciente ya frena la reacción de estrés) y escucha sin repartir la atención entre el móvil y la persona que tienes delante. Nota si estás escuchando o solo esperando tu turno para hablar; se ve desde fuera.

Antes de reaccionar, repite en tus propias palabras lo que has entendido y pide un ejemplo concreto: “¿desde cuándo lo notas?”, “¿cómo afecta esto al equipo?”. Eso mueve la conversación de juicio a información, y casi siempre basta para saber qué cambiar.

No tienes que responder en el momento. Existe la expectativa social de presentar un plan al instante, y ese plan bajo presión suele salir peor que el que tendrías después de pensarlo una hora. Decir “quiero darle una vuelta, ¿lo retomamos mañana?” no te hace ver más débil. Al contrario: demuestra que te lo tomas en serio, no que lo estás dando por zanjado.

Si el feedback habla de tu forma de trabajar y no de un detalle puntual, pregunta a un compañero o a tu responsable si ve lo mismo. Una persona tiene una impresión suelta; que sea un patrón real solo se confirma cuando alguien más lo nota también, sin que se lo hayas sugerido tú antes.

Y cuando decidas cambiar algo, dilo en concreto: no “voy a intentar mejorar”, sino la acción exacta que vas a hacer distinta la próxima vez. Luego pide feedback de seguimiento, que es el paso que casi todo el mundo se salta. Sin él, nunca sabes si el ajuste llegó a notarse. Con él, la persona que te dio el feedback original sabe que mereció la pena decírtelo, y a ti te llega el siguiente más rápido.

Practicar este guion ayuda desde la primera vez que lo usas, aunque lo hagas con torpeza: la conversación fluye mejor y la otra persona nota que la estás escuchando de verdad. Con el tiempo se vuelve casi automático, y entonces el feedback deja de ser un mal trago que aguantar y pasa a ser, simplemente, información que te ayuda a hacer mejor tu trabajo.

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